Pocos placeres son comparables con el salir de paseo con los hijos. Ir a una plaza de la mano de pequeños, al cine de adolescentes, a comer de mayores son mimos al corazón. Pero hay un escenario ideal juntos: ir al estadio del club de tus amores.
El fútbol, ese juego trivial y sagrado sin significado aparente logra milagros porque une, da identidad y algo místico: un lugar de pertenencia. Todo ello vivido en el estadio magnifica su intensidad.
Hoy el ir a ver a Huracán es acompañar a mi hija mayor, a mi hermano menor y el llevar a mis dos hijos pequeños a compartir una pasión, a estrechar un poco más los lazos, lejos de esa necesidad propia de hace años.
Y como la vida misma, aprender a sufrir y disfrutar al mismo tiempo.
Gricel dejó lejos a Boca para ser solo de Huracán. Gael todavía reniega de los clubes de su papá como queriendo su independencia pero intentaremos que abrace la herencia. Y Margarita que es solo de Boca, espero que abrace el ser "quemero" junto a nosotros.
Como muchas cosas en los desafíos de la paternidad, es solo cuestión de empeño, mucha paciencia... y el más pleno disfrute.













