Ésta vez no hay lugar para el cliché de que el tiempo pasó rápido. Fue un año lento, eterno sin Prince.
Viendo al pobre de Bruno Mars en un homenaje con sus ropas haciendo lo que puede, más lo extraño. No por él mismo sino porque no hay equivalencias. Ahí nomás le sumo el recuerdo (ya no puedo evitar nombrarlos como un tándem), de la pérdida de Bowie en casi la misma cantidad de tiempo que me sigue pareciendo todavía una hijaputez cruel de la vida. Pero igual sigo enojado con Prince. Con su muerte poco clara, con su carácter de mierda que lo aislaba para morir en un ascensor, con la idea que nos vendió toda su vida de que era un ser diferente, ascético, que no se drogaba, que era único, inteligente, superior, que podía con todo. Un superman negro y talentoso. Pero ni aún así me puedo enojar demasiado en serio con él.
Recuerdo ir al homenaje que se le hizo aquí hace un año viendo Purple Rain en un centro cultural sin poder evitar ver las diferencias con el homenaje a Bowie de hacía tres meses. En comparación algo mas precario, en una terraza donde el frío convivía con un puñadito de gente extraña y con un amigo, mi hermano y mi pareja. Y el dolor sentado en cualquiera de esas tantas sillas plegables vacías.
Es que Prince era (es) para los diferentes, para los sibaritas, para los que gustan de algo más, para los que saben música de verdad, para los que toman riesgos. Para pocos bah. Si encuentro alguien que le gusta Prince me alegro, me reconforta pero si es fan de verdad... ya lo considero un amigo.











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