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miércoles, 8 de julio de 2026

Otro mundial más

 





­­­          Dicen que la vida es eso que pasa entre mundial y mundial y el primer recuerdo de alguno fue sentado sobre las piernas de mamá (o papá) con 8 años, observando a mi primer jugador favorito, el arquero Fillol, figura de ese mundial 78’. Al mundial 82' no le di importancia, solo ver de a ratos en la casa de un amigo la derrota con la poderosa Italia de Paolo Rossi.

          Lo fundacional fue el mundial 86' con mi glorioso Diego Maradona, donde si recuerdo ver todos los partidos y en especial contra los ingleses. Fue mi primer festejo en solitario subido a un camión que pasó por avenida Caseros llegando hasta el Congreso nomás por toda la gente que había en el centro de la ciudad.

           El mundial 90’ fue el que vivimos más intensamente aunque Argentina fue una sombra que llegó a la final luego de épicas batallas desiguales frente a Brasil y al local Italia. Maradona con su tobillo y su llanto final fue otro momento para el recuerdo eterno.

          El mundial 94' fue la tristeza de la expulsión de Maradona de forma premeditada y el odio hacia todo lo yanqui. El retiro del 10 y la propia edad hizo que ya no le de importancia a todo lo que vino después. Nunca más vi la totalidad de los partidos de Argentina en ningún mundial incluso en la gran victoria en Qatar con Messi encendido. Si rescato el hermoso recuerdo de vivir la extensa final en una plaza con mucha gente y la familia.

          Con el actual tenía mis prejuicios por ser en Estados Unidos y porque luego de ser campeones, no es el mismo entusiasmo. Pero me está sorprendiendo por la épica y esfuerzo en los partidos ganados y por un Messi que a edad de retiro sigue brillando. Y con la esperanza de enfrentar a mi otro país favorito, España, en la gran final.

         Continuará...





miércoles, 15 de abril de 2026

Huracán, el estadio Ducó y mi familia






         Pocos placeres son comparables con el salir de paseo con los hijos. Ir a una plaza de la mano de pequeños, al cine de adolescentes, a comer de mayores son mimos al corazón. Pero hay un escenario ideal juntos: ir al estadio del club de tus amores.

         El fútbol, ese juego trivial y sagrado sin significado aparente logra milagros porque une, da identidad y algo místico: un lugar de pertenencia. Todo ello vivido en el estadio magnifica su intensidad.

         Hoy el ir a ver a Huracán es acompañar a mi hija mayor, a mi hermano menor y el llevar a mis dos hijos pequeños a compartir una pasión, a estrechar un poco más los lazos, lejos de esa necesidad propia de hace años. 

        Y como la vida misma, aprender a sufrir y disfrutar al mismo tiempo. 




         Gricel dejó lejos a Boca para ser solo de Huracán. Gael todavía reniega de los clubes de su papá como queriendo su independencia pero intentaremos que abrace la herencia. Y Margarita que es solo de Boca, espero que abrace el ser "quemero" junto a nosotros. 

          Como muchas cosas en los desafíos de la paternidad, es solo cuestión de empeño, mucha paciencia... y el más pleno disfrute.




     Leer más :

         - Por qué no soy de San Lorenzo

          - Yo y mi otro yo



domingo, 30 de noviembre de 2025

La cura del Maradonismo




          Un relato, un cuento corto que me hubiese encantado escribir pero que realizó Fernando. Se los dejo para que vean que lo nuestro, el ser argentino, se compone de una bipolaridad absoluta y de un amor futbolero (y por el Diego), como pocos casos en este planeta tierra.


Por
Fernando Tranfo
en diario Página 12


     Una sola cosa no le perdono a Maradona, entre tantas, inagotables otras que le agradezco eternamente: que ‘por su culpa’ no he podido amar a Messi. No he podido. Nada, ni un poquito, ni un rato, ni una jugada. Un verdadero escándalo para alguien como yo, que se dice amante de la belleza. La monogamia y el monoteísmo me imponían con furia medieval una fidelidad que no aceptaba nada que no sea un amor exclusivo, posesivo, demandante.

      Nada. Ni poliamor, ni una cañita al aire. Ni politeísmo, ni ecumenismo. Fue retirarse Maradona e iniciar una viudez típica de mi abuela italiana, ese duelo que impedía sonreír o llorar ante todo lo que no fuera la foto o la tumba del marido ausente. No he podido ‘ver’ a Messi. Lo he intentado, procuré dejarme fluir ante la evidencia de su genio, pero no pude. Para colmo, tengo amigos que dicen amar con igual ardor a Diego y a Lío. Me emociona, realmente, ver a gente que hace la estatua de Lío sin fundir la de Diego. Me parece, de hecho, un acto de justicia poética y deportiva esa bandera con el rostro de ambos flameando en las canchas. Pero… Ah, yo ni siquiera podía, como me sugería mi joven amigo Mati Marongo, “querer a Messi, con la foto de Diego en la mesita de luz”.

      Nunca he estado cómodo con mi ceguera. La he vivido como un verdadero drama, como una especie de hemiplejia futbolera. He padecido esa obsesión, toda vez que alguien aludía a Lío, de escuchar la parásita frase: “No, pero el Diego…”. Por eso, a diferencia de casi todos los pertenecientes a la comunidad maradoniana, yo he procurado entender la devoción ‘messiánica’; he intentado, ya que no la empatía, al menos una especie de tregua racional ante los sentimientos de los fanáticos de Lionel.




     Pero… no hace tanto, en un asado... tres de la mañana, ríos de vino, risotadas desenfrenadas, párpados derrotados, abrazos yuxtapuestos… y alguno de golpe inició la detonación de un destino:

     -Y ahora que Messi levantó la copa, ¿qué vas a decir? –me interpeló uno, que no era tan amigo como para inquirirme de ese modo.

      Tomé aire, mucho aire; pero, claro, antes había tomado mucho vino. Preferí, no obstante, la reflexión conciliatoria:

     ¿Qué voy a decir? Que estoy feliz, que por fin abracé a mis hijos sin joderlos con mi melancolía ‘ochentiseisca’, que creo que Messi campeón del mundo es uno de los actos de justicia deportiva más grande de todos los tiempos…

      Entonces ese bobo al que Messi le preguntaría “¿Qué mirás?” dijo lo que jamás hay que decir cuando hay en una misma mesa maradonianos, vino y cuchillos. Es el acto de justicia más grande de todos los tiempos, porque se hizo justicia con el más grande de todos los tiempos…

     Ahora no tomé aire; tomé más vino. Mucho vino, y dije:

    Aún debajo de esa cara de mamerto que tenés, que aniquila cualquier fisonomía, se nota que rondás los cincuenta años. Y nadie, en Argentina, con tu edad, puede decir que alguien es mejor que Diego. Eso lo puede decir un nene, un adolescente o un catalán… un cincuentón como vos no lo puede decir. Bueno, ya lo dijiste, lo que quiero que quede claro es que no voy a permitir delante de mí, en un asado, en Argentina, que alguien lo diga…

      El devoto de Lío acercó su cara a la mía y escaló el conflicto:

     ¿Y quién me lo va a impedir? –preguntó, retóricamente.

     Dicen los que estaban allí que mi cara se transformó, que tomé un cuchillo, le di uno a él y, como Dahlmann, salí a la calle. Dicen que hubo bravuconadas de patio de escuela, pero con cuchillos flameando.

      Vuelto de ese oprobio, decidí tomar una decisión que venía meditando hacía un tiempo: ‘curarme’, no de mi amor a Diego, pero sí de su aspecto nocivo; el que no me permite querer al genio rosarino.

     Pensé: si terapias cognitivo-conductuales pueden torcer destinos de hierro como las adicciones o las fobias; ¿por qué no podría yo abolir ese maradonismo que me privaba de un disfrute sublime?

      Un amigo me dijo que en el barrio atendía un psiquiatra que había logrado que su tío aracnofóbico jugara con las tarántulas como si fueran un perro. Hacia él fui, pues, con la paradojal esperanza de los desesperados.

      Todo lo que las sesiones fueron revelando era de una lucidez y una eficacia que rápidamente abortó mi indómita desconfianza en las clásicas terapias freudianas. Nada buchonear a nuestra madre; primero, programación lingüística: el hombre me pidió que, toda vez que una frase viniera a alojarse en modo obsesivo en mi mente la reformulara. Así, las clásicas “No, pero el Diego…”, “En la época del Diego…”, “El gol a los ingleses…”; rápidamente fueron suplidas por “Cada época tiene su genio…”, “Los Maradona, los Messi…”. Superada esta primera barrera apareció otra, ardua, que encaré con optimismo: el doctor me pidió que evitara por un tiempo –hasta que él lo indicara- ver videos de Diego. No fue fácil la abstinencia, pero en un par de semanas superé la prueba. Entonces… uf, qué desafío: debía, cuando asistía a una discusión entre maradonianos y messiánicos, ponerme del lado de estos últimos, tratando de elaborar argumentos que fortalecieran su devoción. Examen superado.

          Los meses pasaban y hasta yo mismo me sorprendía de mis logros; una noche, de hecho… ¡soñé con Messi! Me levanté llorando de emoción. Un domingo a la tarde, estando solo, me puse a ver videos de Lío; terminé yendo al otro día a comprar unos stickers suyos y los pegué en la heladera, al lado –geométrica y simbólicamente- del de Diego en México.

      Estaba, por fin, saliendo de la peor soledad: la de quien no puede estar alegre donde todos lo están. Estaba, ya con Diego en el más allá, permitiéndome una noche de amor de viudo en plan de resetear su vida afectiva.





     Una tarde, releyendo la Divina comedia, no me indigné cuando Dante afirma la superioridad de Aristóteles sobre el resto de los filósofos, relegando a Platón. Esa noche soñé que Dante me decía: “El verdadero genio no es aquel que permite decir de él que es el mejor de todos; sino aquel que impide que se diga que puede haber alguien mejor que él”. La cura estaba, al fin, por formalizarse.

      Pero faltaba la última prueba. Anoche un grupo de fanáticos de Messi me invitó a una reunión devocional. No sólo me convocaron para que sea ‘uno de ellos’, sino que, en medio de la noche… ¡me pidieron que yo cerrara el evento dando un discurso! Tomé la palabra con una emoción que sólo me producía pensar en Diego. Superé las culpas de ultratumba y dije:

      “Como ustedes saben, hace algún tiempo decidí librar una batalla contra un aspecto de mí que me ha hecho mucho mal: ese amor a Diego que me ha llevado, injustamente, a malquerer a Lionel. Él jamás mereció esto, y tuvo que cargar, ya que del ‘messías’ se trata, con esa cruz tan dolorosa e infame. Yo formé parte de esa caravana insólita, absurda, que creyó que la única manera de amar a Diego era no amar a Lionel. Yo era, ustedes saben, ese bravucón que en un asado no deja que nadie hable bien de Messi. Es realmente maravilloso que hayan tenido este gesto conmigo, que hayan preferido que fuera yo quien hablara y no, con todo derecho, uno de ustedes; tal vez porque, sencillamente, yo ahora soy uno de ustedes.



          Por cierto, si yo fuese ahora el que era hace algunos meses estaría, ante un grupo de fieles a Lío, desplegando mis argumentos ‘anti’: que la actuación de Diego en el 86’ es incomparable, que su segundo gol a Inglaterra es el más grande acontecimiento de la historia del fútbol y de la historia argentina; que Diego brilló en equipos mediocres; que pudo ser el más grande futbolista siendo un deportista desastroso; que la belleza de su arte prescinde de la mera cantidad; que jamás lo escuché, ante un pregunta incómoda, contestar “Yo de eso prefiero no opinar”…

          Estas cosas, seguramente, hubiera dicho yo hace unos meses ante un auditorio como ustedes. Y ahora estoy acá, para decirles –de pronto vi un cartel detrás de la multitud que pontificaba: “Messi: el más grande de la historia”-… Para decirles que todo lo que acabo decir lo sigo pensando y que ustedes, si creen que Messi fue el mejor de la historia… la tienen adentro”.

 



jueves, 5 de junio de 2025

Final del campeonato argentino: Huracán - Platense

 

          Huracán, mi querido Globo de Parque Patricios llegó a la final del campeonato argentino y todo era fiesta. Viajar en micro a un estadio de primer nivel en una provincia lejana acompañado de mi hija mayor, mi hermano menor y el compañero de colegio secundario que me hizo hincha de este club (con su hija). Un placer  con algunos matices y dificultades.



          
Mil kilómetros de distancia, estación de micros con 91 de ellos repletos de hinchas, organización caótica, espera de más de 3 horas y salida desde andén 1, número 10 que daba indicios de Diego y de una presunta buena suerte. Llegada luego de 18! horas de viaje, nos dejaron a 4 kilómetros del estadio y caminata posterior de más de una hora para llegar al nuevo y hermoso estadio de la provincia de Santiago del Estero.





           Spoiler alert para el que no sepa de fútbol argentino: Perdimos... como casi siempre. Lo bueno de ser protagonistas estos últimos años con la dificultad de que ser hincha de Huracán tiene estas cosas. 


No tiene nombre la calle donde está ubicado el estadio je





Curiosidad hermosa: una "Quemera" española



          La vuelta fue agridulce por lo malo de la derrota  y lo bueno de la vivencia gratificante por el viaje y la experiencia con la gente que uno quiere.



Estuve con la nueva estatua de Diego.
Un sueño que nunca pensé cumplir.





Además orgullo por ocupar 2/3 del estadio





             Pero bueno, no hay que rendirse, nos veremos en alguna otra final ¡Globito querido!




miércoles, 29 de enero de 2025

Exposición de Maradona en Argentina

 


"Pensada para fans, para quienes quieren mostrarle a sus hijos qué representó Diego, o para aquellos que simplemente lo extrañan y desean redescubrir al ídolo. Una exhibición sin precedentes en el mundo del fútbol."


          No hacia falta que me convenzan porque apenas supe de la exposición de Maradona en mi ciudad, sabía que debía ir. Y si era acompañado por mis hijos mejor. Fue de la partida Gael que no estaba convencido de ir y luego del recorrido, se quería quedar dentro de la muestra.




          Para alguien que sabe y vió mucho de Diego no hubo sorpresas, pero también el disfrute estaba asegurado. Filmaciones, memorabilia, realidad virtual, juegos con pelota infantiles; un recorrido no extenso pero completo. Con objetos al parecer de la propia familia, mucho de lo expuesto es de un fan común, pero se agradece la intención. Nunca es mucho Maradona.


          Maradona, siempre presente en mi vida. Y está muy bien que sea así.


Dedicatoria en la autobiografía de Martin Palermo, el gran 9 de Boca Juniors, hacia Diego




Sus legendarios botines Puma. Desde mi infancia que por "culpa" de él solo elijo esa marca para la compra de cualquier zapatilla




Un Gael espontáneo y 
una pose de crack





Parte final de la muestra con ofrendas de la gente (presumo en su funeral)




Descanso familiar a la salida





Legado de 10


“Me gusta ser Diego, Pelusa, Maradona,
hijo de puta, bueno, normal, ignorante,
me gusta ser como soy”.


El segundo gol, el más importante de la historia del fútbol, se lo hizo Diego a la selección inglesa.
El primero, el más importante de la historia argentina, se lo hizo Diego a Inglaterra.

martes, 22 de octubre de 2024

La cura del maradonismo

 




         Relato que tanto me hubiese gustado escribir porque me representa en un 100%, realizado por Fernando, periodista del diario Página 12 donde habla de la dicotomía propia de los argentinos en torno a Messi/Maradona.

         Texto poético, con humor y sentimiento de un "dieguista" (como corresponde a todo hombre mayor), decía que solo un argentino lo podría entender pero me olvido de los napolitanos, que son aún, más fanáticos que nosotros. Para amantes de Maradona, Messi y el fútbol argentino. Disfruten.



    Por Fernando Tranfo
     17 de octubre de 2024 - Diario Página 12



          Una sola cosa no le perdono a Maradona, entre tantas, inagotables otras que le agradezco eternamente: que ‘por su culpa’ no he podido amar a Messi. No he podido. Nada, ni un poquito, ni un rato, ni una jugada. Un verdadero escándalo para alguien como yo, que se dice amante de la belleza. La monogamia y el monoteísmo me imponían con furia medieval una fidelidad que no aceptaba nada que no sea un amor exclusivo, posesivo, demandante.


Nada. Ni poliamor, ni una cañita al aire. Ni politeísmo, ni ecumenismo. Fue retirarse Maradona e iniciar una viudez típica de mi abuela italiana, ese duelo que impedía sonreír o llorar ante todo lo que no fuera la foto o la tumba del marido ausente.


          No he podido ‘ver’a Messi. Lo he intentado, procuré dejarme fluir ante la evidencia de su genio, pero no pude. Para colmo, tengo amigos que dicen amar con igual ardor a Diego y a Lío. Me emociona, realmente, ver a gente que hace la estatua de Lío sin fundir la de Diego. Me parece, de hecho, un acto de justicia poética y deportiva esa bandera con el rostro de ambos flameando en las canchas. Pero… Ah, yo ni siquiera podía, como me sugería mi joven amigo Mati Marongo, “querer a Messi, con la foto de Diego en la mesita de luz”.




          Nunca he estado cómodo con mi ceguera. La he vivido como un verdadero drama, como una especie de hemiplejia futbolera. He padecido esa obsesión, toda vez que alguien aludía a Lío, de escuchar la parásita frase: “No, pero el Diego…”. Por eso, a diferencia de casi todos los pertenecientes a la comunidad maradoniana, yo he procurado entender la devoción ‘messiánica’; he intentado, ya que no la empatía, al menos una especie de tregua racional ante los sentimientos de los fanáticos de Lionel. Pero… no hace tanto, en un asado... tres de la mañana, ríos de vino, risotadas desenfrenadas, párpados derrotados, abrazos yuxtapuestos… y alguno de golpe inició la detonación de un destino:


         -Y ahora que Messi levantó la copa, ¿qué vas a decir? –me interpeló uno, que no era tan amigo como para inquirirme de ese modo.

          Tomé aire, mucho aire; pero, claro, antes había tomado mucho vino. Preferí, no obstante, la reflexión conciliatoria:

          ¿Qué voy a decir? Que estoy feliz, que por fin abracé a mis hijos sin joderlos con mi melancolía ‘ochentiseisca’, que creo que Messi campeón del mundo es uno de los actos de justicia deportiva más grande de todos los tiempos…

           Entonces ese bobo al que Messi le preguntaría “¿Qué mirás?” dijo lo que jamás hay que decir cuando hay en una misma mesa maradonianos, vino y cuchillos.


           Es el acto de justicia más grande de todos los tiempos, porque se hizo justicia con el más grande de todos los tiempos…

          Ahora no tomé aire; tomé más vino. Mucho vino, y dije:


           Aún debajo de esa cara de mamerto que tenés, que aniquila cualquier fisonomía, se nota que rondás los cincuenta años. Y nadie, en Argentina, con tu edad, puede decir que alguien es mejor que Diego. Eso lo puede decir un nene, un adolescente o un catalán… un cincuentón como vos no lo puede decir. Bueno, ya lo dijiste, lo que quiero que quede claro es que no voy a permitir delante de mí, en un asado, en Argentina, que alguien lo diga…


          El devoto de Lío acercó su cara a la mía y escaló el conflicto: ¿Y quién me lo va a impedir? –preguntó, retóricamente. Dicen los que estaban allí que mi cara se transformó, que tomé un cuchillo, le di uno a él y, como Dahlmann, salí a la calle. Dicen que hubo bravuconadas de patio de escuela, pero con cuchillos flameando. Vuelto de ese oprobio, decidí tomar una decisión que venía meditando hacía un tiempo: ‘curarme’, no de mi amor a Diego, pero sí de su aspecto nocivo; el que no me permite querer al genio rosarino.


          Pensé: si terapias cognitivo-conductuales pueden torcer destinos de hierro como las adicciones o las fobias; ¿por qué no podría yo abolir ese maradonismo que me privaba de un disfrute sublime? Un amigo me dijo que en el barrio atendía un psiquiatra que había logrado que su tío aracnofóbico jugara con las tarántulas como si fueran un perro. Hacia él fui, pues, con la paradojal esperanza de los desesperados.


          Todo lo que las sesiones fueron revelando era de una lucidez y una eficacia que rápidamente abortó mi indómita desconfianza en las clásicas terapias freudianas. Nada buchonear a nuestra madre; primero, programación lingüística: el hombre me pidió que, toda vez que una frase viniera a alojarse en modo obsesivo en mi mente la reformulara. Así, las clásicas “No, pero el Diego…”, “En la época del Diego…”, “El gol a los ingleses…”; rápidamente fueron suplidas por “Cada época tiene su genio…”, “Los Maradona, los Messi…”. Superada esta primera barrera apareció otra, ardua, que encaré con optimismo: el doctor me pidió que evitara por un tiempo –hasta que él lo indicara- ver videos de Diego. No fue fácil la abstinencia, pero en un par de semanas superé la prueba. Entonces… uf, qué desafío: debía, cuando asistía a una discusión entre maradonianos y messiánicos, ponerme del lado de estos últimos, tratando de elaborar argumentos que fortalecieran su devoción. Examen superado. Los meses pasaban y hasta yo mismo me sorprendía de mis logros; una noche, de hecho… ¡soñé con Messi! Me levanté llorando de emoción. Un domingo a la tarde, estando solo, me puse a ver videos de Lío; terminé yendo al otro día a comprar unos stickers suyos y los pegué en la heladera, al lado –geométrica y simbólicamente- del de Diego en México.


         Estaba, por fin, saliendo de la peor soledad: la de quien no puede estar alegre donde todos lo están. Estaba, ya con Diego en el más allá, permitiéndome una noche de amor de viudo en plan de resetear su vida afectiva.


          Una tarde, releyendo la Divina comedia, no me indigné cuando Dante afirma la superioridad de Aristóteles sobre el resto de los filósofos, relegando a Platón. Esa noche soñé que Dante me decía: “El verdadero genio no es aquel que permite decir de él que es el mejor de todos; sino aquel que impide que se diga que puede haber alguien mejor que él”. La cura estaba, al fin, por formalizarse.


          Pero faltaba la última prueba. Anoche un grupo de fanáticos de Messi me invitó a una reunión devocional. No sólo me convocaron para que sea ‘uno de ellos’, sino que, en medio de la noche… ¡me pidieron que yo cerrara el evento dando un discurso! Tomé la palabra con una emoción que sólo me producía pensar en Diego. Superé las culpas de ultratumba y dije:


          “Como ustedes saben, hace algún tiempo decidí librar una batalla contra un aspecto de mí que me ha hecho mucho mal: ese amor a Diego que me ha llevado, injustamente, a malquerer a Lionel. Él jamás mereció esto, y tuvo que cargar, ya que del ‘messías’ se trata, con esa cruz tan dolorosa e infame. Yo formé parte de esa caravana insólita, absurda, que creyó que la única manera de amar a Diego era no amar a Lionel. Yo era, ustedes saben, ese bravucón que en un asado no deja que nadie hable bien de Messi. Es realmente maravilloso que hayan tenido este gesto conmigo, que hayan preferido que fuera yo quien hablara y no, con todo derecho, uno de ustedes; tal vez porque, sencillamente, yo ahora soy uno de ustedes.

          Por cierto, si yo fuese ahora el que era hace algunos meses estaría, ante un grupo de fieles a Lío, desplegando mis argumentos ‘anti’: que la actuación de Diego en el 86’ es incomparable, que su segundo gol a Inglaterra es el más grande acontecimiento de la historia del fútbol y de la historia argentina; que Diego brilló en equipos mediocres; que pudo ser el más grande futbolista siendo un deportista desastroso; que la belleza de su arte prescinde de la mera cantidad; que jamás lo escuché, ante un pregunta incómoda, contestar “Yo de eso prefiero no opinar”…

          Estas cosas, seguramente, hubiera dicho yo hace unos meses ante un auditorio como ustedes. Y ahora estoy acá, para decirles –de pronto vi un cartel detrás de la multitud que pontificaba: “Messi: el más grande de la historia”-… Para decirles que todo lo que acabo decir lo sigo pensando y que ustedes, si creen que Messi fue el mejor de la historia… la tienen adentro”.







     Lionel Messi vs Diego Maradona ● Similar Goals Compilation




martes, 17 de septiembre de 2024

Maradona por los demás



           Sigo recopilando historias referidas a Maradona solo por el placer de atesorarlas y revisitarlas. Nuevas canciones dedicadas, frases por sus propios pares, que son las que importan, nuevo video de algún gol inédito.

          Auto-entradas festivas de mi gran compañero de la infancia.







"Para los argentinos el 10 es un número muy especial, porque vos hablás del diez y automáticamente se te viene Maradona a la cabeza. Toda la vida, los que crecimos de chiquitos con el fútbol queríamos ser como él. Si bien después ninguno llegó, el deseo siempre era ese, intentar de copiar lo que hacía Maradona.
Diego es nuestro referente, nuestro ídolo máximo, para nosotros es algo muy fuerte que va a seguir estando por muchísimos años más. Va de generación en generación, Thiago, Mateo y Ciro saben de Diego sin haberlo visto nunca, es muy importante su figura por todo lo que representó a la Argentina y lo que fue a nivel mundial".
Lionel Messi en charla con Zinedine Zidane


"Diego nos hizo olvidar a los pobres de que éramos pobres. Mi vieja, y sé que muchas madres, le deben mucho a Diego. Por más que algunos mezclen la vida personal con la del deportista, como deportista Maradona les dio mucho a muchas mamás. En casa no había comida, pero lo teníamos a Diego, y de eso yo no me olvido".
Sergio "Maravilla" Martínez






     LATINGEISHA - DIEGO ARMANDO





"Siempre pendiente, siempre cercano. ¿Qué te pasa, qué necesitas, cómo estás?. Ese era Diego.
El de la cancha era genial, sí, pero el que conocí afuera de la cancha era espectacular.
Por suerte, establecí una amistad con él, me sentí su amigo. Las leyendas nunca mueren".

Carlos Valderrama




        LETTIERI - NO ME DIGAN








          “Fue un líder por consentimiento y no por fuerza. Jugar con Maradona era como levantarte a la mañana y que Lennon te cantara Imagine”.
     Osvaldo Rinaldi, compañero en el Mundial de Japón 1979.


         “Cuando Diego patea, la pelota no hace ruido. Nunca vi eso”.
     Daniel “El Indio” Bazán Vera


          “Tengo 53 años y es como si él hubiera formado parte de mi vida entera. Él fue parte. Diego era un tipo sensacional. Maradona tenía algunos problemas. Dejame decirlo así: extrañaré a ambos”. 
     Jürgen Klopp
, DT alemán


Busto de Diego en una plaza de la ciudad de Verónica, Provincia de Buenos Aires



        Y lo que más me gusta encontrar es la admiración y el respeto que le profesa la gente joven a Diego sin haber vivido su etapa deportiva, solo por su don de gente.

     GELATINA - INAUGURACIÓN SALA DIEGO MARADONA

















     Video poco conocido del mejor gol que hizo en su carrera, según el mismo Maradona, en un amistoso en Colombia en un 4 a 4 de Argentinos Juniors. Y, todo puede ser eh...






-¿Mes­si po­drá al­can­zar­te? 
- Si es pa­ra el bien del fút­bol ar­gen­ti­no, que me pa­se...