martes, 8 de marzo de 2011

MUSE - Neutron Star Collision (Love Is Forever)


         "El amor es para siempre" 
dicen los buenos de Muse.

          Yo agregaría que la influencia de Queen también vivirá para siempre...



lunes, 10 de enero de 2011

MAS FOTOS BIZARRAS

Hubiese ganado más batallas...
Un infradotado... Este idiota no tiene límites!Hoy si que no podemos perder... U2? Muse? Coldplay? No!! Harry and Terry!!! I'm Batman


Play... music
???
Ah!... pero si caía había colchones!
Si esto no es bizarro ¿Qué lo es?


No mientas que viste enseguida en la foto a Mini-mi atrás...

Ahora existe Twitter para decir estas pelotudeces...

sábado, 1 de enero de 2011

TOP 10 mejores películas de CHARLES CHAPLIN




          Si la finalización de década lleva a los ibalances de "lo mejor" no quería quedar afuera con algo de cine. Por qué no un top 10 de uno de los iniciadores de este arte llamado cine, el gran Charles Chaplin.

          Verán que se repiten las palabras: valentía, genialidad y melodrama"junto a la de Chaplin, que sería un ejemplo cabal de cada una de ellas.

        Les dejo entonces las 10 grandes de Chaplin y díganme en comentarios si están en algo de acuerdo:




          Quizá una de sus pelis más criticadas por su sentimentalismo exagerado (por ser realizada junto a un perro), pero este film como mínimo siguió poniendo otro ladrillo más para cimentar su gran fama. Y convengamos que estar en un décimo puesto en una filmografía como la de Chaplin, no es para nada desdeñable.






         
Repleta de gags ingeniosos, lo valorable aquí es que "juega" con la guerra de una forma que solo puede ser empática gracias a que es "una de Chaplin" ya que fue realizada durante la primera guerra y estrenada solo 3 semanas antes de finalizar la misma. Ser Chaplin tiene sus privilegios.







          Autobiográfica, valiente por el hecho de mostrar su decadencia y la pérdida de su público, un resumen de su vida como de su personaje que a esta altura parecen ser solo uno. La banda sonora, creación del mismo Chaplin, es tan famosa como la película misma (versionada por Michael Jackson hasta Robert Downey Jr) y acompaña en su palpable melodramatismo.

          Solo los 10 minutos en escena junto al otro grande del humor de esa época como lo fue Buster Keaton justifican su visión y su inclusión en esta lista.









          Grandes momentos lleva esta película, pero a la manera de retazos, sin una coheción real que haría que estuviese mas arriba en esta lista. De visión obligatoria en casi todos los colegios primarios argentinos, lleva su impronta de crítica social del hombre a merced de las máquinas y el capitalismo y crece con sus numerosos y valientes gags, como el de la sal/droga o el de la bandera al frente de una manifestación comunista.

          Su feo final hablado es más una crítica al nuevo cine sonoro, que un mal gag. El típico chapliniano "the end" partiendo hacia un destino de libertad sin fin no aporta más nada, tan solo nos deja el guiño de la nostalgia de la repetición y su marca registrada.









           Le tengo un cariño especial a El Circo. No de una forma snob o porque sea distinta en su filmografía, sino porque contiene y a un ritmo increíble, todas y cada una de las virtudes que hicieron grande a su personaje y su cine. Contarlas aquí no tendría toda la gracia que tiene el visionar y disfrutar de esta película. Háganlo ya si no lo hicieron.









         Puerta de entrada a su cine (¿quién no conoce esta bella foto?), la excelente interpretación de Charles es mas visible por incorporar la sutileza y el melodrama de una forma más seria. Contiene la escena mas poética y sentimental junto al final de Luces de la ciudad (la mantenida en el reencuentro en la camioneta policial junto al pequeño Jackie Coogan) de toda su filmografía.

         The Kid es una conjunción exacta entre lo naif de sus cortos y la inminente y próxima "seriedad" futura del cine de Charles.







          "Está por encima de toda alabanza porque es el mejor. Chaplin, que siempre se mantuvo en las fronteras de lo estrictamente cinematográfico, al final ha enriquecido el mundo del cine con más cosas (¿Cómo decirlo si no: ideas, gags, inteligencia, dignidad, belleza, gestos?) que todos los demás directores juntos." 
Jean-Luc Godard







          El melodrama en su punto justo, ese que siempre añoró realizar mezcla de humor y tragedia (y que hoy se le critica), lo logra con esta Luces de la ciudad. Con una idea casi cursi entre un vagabundo y una florista ciega, realiza una obra maestra sin ser un gran film en cuanto a lo estético, sino en su real y logrado sentimiento.

         El famoso final es de una ambiguedad inédita en su cine, dejando de lado los finales felices (a veces introducidos a la fuerza) y apostando por una agridulce, lógica y bella culminación. La obra definitiva en cuanto se habla del personaje y vida de su vagabundo. Y eso no es poco 
(Otra mirada mas extensa de este film aquí...).







          Una narración concisa y sobria, algo raro esto último en él, que no pierde ritmo junto a los mejores gags de su cosecha, la hacen sobresalir como una gema bien acabada. El baile de los panes, la comida en forma de bota, la casa balanceándose en el precipicio y su sueño de gallo, son solo momentos, grandes, de un todo genial.

          16 meses de filmación en 5 locaciones diferentes no fueron en vano. Si tendría que mostrar solo un film del vagabundo, sería sin dudas este.












        Increíble que sus dos mejores obras sean con sonido y diálogos, tratándose del genio del cine mudo en persona.
El Gran Dictador primero nace como un chiste, por la apropiación de Hitler de la máscara de Charlot y de su universal y famoso bigote.

          La escena del globo terráqueo, con su poesía y obsesión patética del dictador es un testimonio fílmico inolvidable, agigantada al estar unida al ritmo de la escena en la peluquería al son de la marcha húngara de Brahms y su baile/fantasía. 
Una escena no feliz jugada por la limitada Paulette Goddart -al declamar en la puerta del guetto- y el discurso final que para algunos suena pedante no opacan la valentía de un gran film.

           Si no es su mejor película, es arriesgada por embarcarse en una producción con todo Estados Unidos en una ambigua abstención durante el momento de mayor dominio e influencia alemán, haciéndola mucho más valiosa y un grano en el culo del propio Hitler/Hinkel.










          No dudo que la versión de Orson Welles hubiera sido excelsa, pero este personaje en manos del actor mas reconocido y querido de su tiempo, implica una audacia que supera toda forma estilística. Con ella, Chaplin llega a su extremo de su madurez artísitica y logra por primera vez la indiferencia de su anterior y fiel público.

          Hombre de finales bellos en la mayoría de sus films, este sobresale porque asistimos al "asesinato" de él mismo y su vagabundo, como metáfora de la decadencia de su personaje a manos de un nuevo público interesado en otras cosas.


         Su gran obra maestra, agridulce, hablada, en su vejez y sin su querido y entrañable para nosotros
 vagabundo.

Si querés leer mas de este film aquí...







         "Es significativo que los mejores filmes de Chaplin puedan ser revisados indefinidamente sin que disminuya el placer de verlos; al contrario, sucede sin duda que la satisfacción causada por algunos gags es hasta tal punto profunda que resulta inagotable, pero sobre todo que la forma cómica, y el valor estético nada deben al factor sorpresas. Éste, agotado en la primera visión, cede el sitio a un placer mucho más delicado que consiste en la espera y el reconocimiento de la perfección."
André Bazin






Si te gusta Chaplin lee:


domingo, 26 de diciembre de 2010

FELIZ 2011 !!

Nunca confiamos en él...

Olorín donde estás!!!



Llegan los tiempos navideños y no sabemos qu postear.
Así estamos.

Feliz navidad.

jueves, 11 de noviembre de 2010

CUENTO DE CORTÁZAR


        Sé que es muy difícil leer tanto texto en la pantalla de una computadora. Y que uno la mayoría de las veces, no tiene ni ganas ni tiempo.

          Pero un cuento de Cortázar, siempre vale la pena y el esfuerzo. Ustedes eligen...






             Andrée, yo no quería venirme a vivir a su departamento de la calle Suipacha. No tanto por los conejitos, más bien porque me duele ingresar en un orden cerrado, construido ya hasta en las más finas mallas del aire, esas que en su casa preservan la música de la lavanda, el aletear de un cisne con polvos, el juego del violín y la viola en el cuarteto de Rará. Me es amargo entrar en un ámbito donde alguien que vive bellamente lo ha dispuesto todo como una reiteración visible de su alma, aquí los libros (de un lado en español, del otro en francés e inglés), allí los almohadones verdes, en este preciso sitio de la mesita el cenicero de cristal que parece el corte de una pompa de jabón, y siempre un perfume, un sonido, un crecer de plantas, una fotografía del amigo muerto, ritual de bandejas con té y tenacillas de azúcar...

          Ah, querida Andrée, qué difícil oponerse, aun aceptándolo con entera sumisión del propio ser, al orden minucioso que una mujer instaura en su liviana residencia. Cuán culpable tomar una tacita de metal y ponerla al otro extremo de la mesa, ponerla allí simplemente porque uno ha traído sus diccionarios ingleses y es de este lado, al alcance de la mano, donde habrán de estar. Mover esa tacita vale por un horrible rojo inesperado en medio de una modulación de Ozenfant, como si de golpe las cuerdas de todos los contrabajos se rompieran al mismo tiempo con el mismo espantoso chicotazo en el instante más callado de una sinfonía de Mozart. Mover esa tacita altera el juego de relaciones de toda la casa, de cada objeto con otro, de cada momento 12 de su alma con el alma entera de la casa y su habitante lejana. Y yo no puedo acercar los dedos a un libro, ceñir apenas el cono de luz de una lámpara, destapar la caja de música, sin que un sentimiento de ultraje y desafío me pase por los ojos como un bando de gorriones.

          Usted sabe por qué vine a su casa, a su quieto salón solicitado de mediodía. Todo parece tan natural, como siempre que no se sabe la verdad. Usted se ha ido a París, yo me quedé con el departamento de la calle Suipacha, elaboramos un simple y satisfactorio plan de mutua convivencia hasta que septiembre la traiga de nuevo a Buenos Aires y me lance a mí a alguna otra casa donde quizá... Pero no le escribo por eso, esta carta se la envío a causa de los conejitos, me parece justo enteraría; y porque me gusta escribir cartas, y tal vez porque llueve. Me mudé el jueves pasado, a las cinco de la tarde, entre niebla y hastío. He cerrado tantas maletas en mi vida, me he pasado tantas horas haciendo equipajes que no llevaban a ninguna parte, que el jueves fue un día lleno de sombras y correas, porque cuando yo veo las correas de las valijas es como si viera sombras, elementos de un látigo que me azota indirectamente, de la manera más sutil y más horrible. Pero hice las maletas, avisé a la mucama que vendría a instalarme, y subí en el ascensor. Justo entre el primero y segundo piso sentí que iba a vomitar un conejito. Nunca se lo había explicado antes, no crea que por deslealtad, pero naturalmente uno no va a ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito. Como siempre me ha sucedido estando a solas, guardaba el hecho igual que se guardan tantas constancias de lo que acaece (o hace uno acaecer) en la privacía total. No me lo reproche, Andrée, no me lo reproche. De cuando en cuando me ocurre vomitar un conejito.

         No es razón para no vivir en cualquier casa, no es razón para que uno tenga que avergonzarse y estar aislado y andar callándose. Cuando siento que voy a vomitar un conejito me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño, pequeño como un conejillo de chocolate pero blanco y enteramente un conejito. Me lo pongo en la palma de la mano, le alzo la pelusa con una caricia de los dedos, el conejito parece satisfecho de haber nacido y bulle y pega el hocico contra mi piel, moviéndolo con esa trituración silenciosa y cosquilleante del hocico de un conejo contra la piel de una mano. Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando esto ocurría en mi casa de las afueras) lo saco conmigo al balcón y lo pongo en la gran maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado. El conejito alza del todo sus orejas, envuelve un trébol tierno con un veloz molinete del hocico, y yo sé que puedo dejarlo e irme, continuar por un tiempo una vida no distinta a la de tantos que compran sus conejos en las granjas.

          Entre el primero y segundo piso, Andrée, como un anuncio de lo que sería mi vida en su casa, supe que iba a vomitar un conejito. En seguida tuve miedo (¿o era extrañeza? No, miedo de la misma extrañeza, acaso) porque antes de dejar mi casa, sólo dos días antes, había 14 vomitado un conejito y estaba seguro por un mes, por cinco semanas, tal vez seis con un poco de suerte. Mire usted, yo tenía perfectamente resuelto el problema de los conejitos. Sembraba trébol en el balcón de mi otra casa, vomitaba un conejito, lo ponía en el trébol y al cabo de un mes, cuando sospechaba que de un momento a otro... entonces regalaba el conejo ya crecido a la señora de Molina, que creía en un hobby y se callaba. Ya en otra maceta venía creciendo un trébol tierno y propicio, yo aguardaba sin preocupación la mañana en que la cosquilla de una pelusa subiendo me cerraba la garganta, y el nuevo conejito repetía desde esa hora la vida y las costumbres del anterior. Las costumbres, Andrée, son formas concretas del ritmo, son la cuota del ritmo que nos ayuda a vivir. No era tan terrible vomitar conejitos una vez que se había entrado en el ciclo invariable, en el método. Usted querrá saber por qué todo ese trabajo, por qué todo ese trébol y la señora de Molina. Hubiera sido preferible matar en seguida al conejito y... Ah, tendría usted que vomitar tan sólo uno, tomarlo con dos dedos y ponérselo en la mano abierta, adherido aún a usted por el acto mismo, por el aura inefable de su proximidad apenas rota. Un mes distancia tanto; un mes es tamaño, largos pelos, saltos, ojos salvajes, diferencia absoluta Andrée, un mes es un conejo, hace de veras a un conejo; pero el minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable...

          Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo... y después tan no uno, tan aislado y distante en su llano mundo blanco tamaño carta. Me decidí, con todo, a matar el conejito apenas naciera. Yo viviría cuatro meses en su casa: cuatro -quizá, con suerte, tres- cucharadas de alcohol en el hocico. (¿Sabe usted que la misericordia permite matar instantáneamente a un conejito dándole a beber una cucharada de alcohol? Su carne sabe luego mejor, dicen, aunque yo... Tres o cuatro cucharadas de alcohol, luego el cuarto de baño o un piquete sumándose a los desechos.) Al cruzar el tercer piso el conejito se movía en mi mano abierta. Sara esperaba arriba, para ayudarme a entrar las valijas... ¿Cómo explicarle que un capricho, una tienda de animales? Envolví el conejito en mi pañuelo, lo puse en el bolsillo del sobretodo dejando el sobretodo suelto para no oprimirlo. Apenas se movía. Su menuda conciencia debía estarle revelando hechos importantes: que la vida es un movimiento hacia arriba con un click final, y que es también un cielo bajo, blanco, envolvente y oliendo a Lavanda, en el fondo de un pozo tibio.

          Sara no vio nada, la fascinaba demasiado el arduo problema de ajustar su sentido del orden a mi valija-ropero, mis papeles y mi displicencia ante sus elaboradas explicaciones donde abunda la expresión "por ejemplo". Apenas pude me encerré en el baño; matarlo ahora. Una fina zona de calor rodeaba el pañuelo, el conejito era blanquísimo y creo que más lindo que los otros. No me miraba, solamente bullía y estaba contento, lo que era el más horrible modo de mirarme. Lo encerré en el botiquín vacío y me volví para desempacar, desorientado pero no infeliz, no culpable, no jabonándome las manos para quitarles una última convulsión. Comprendí que no podía matarlo. Pero esa misma noche vomité un conejito negro. Y dos días después uno blanco. Y a la cuarta noche un conejito gris. Usted ha de amar el bello armario de su dormitorio, con la gran puerta que se abre generosa, las tablas vacías a la espera de mi ropa. Ahora los tengo ahí. Ahí dentro.

          Verdad que parece imposible; ni Sara lo creería. Porque Sara nada sospecha, y el que no sospeche nada procede de mi horrible tarea, una tarea que se lleva mis días y mis noches en un solo golpe de rastrillo y me va calcinando por dentro y endureciendo como esa estrella de mar que ha puesto usted sobre la bañera y que a cada baño parece llenarle a uno el cuerpo de sal y azotes de sol y grandes rumores de la profundidad. De día duermen. Hay diez. De día duermen. Con la puerta cerrada, el armario es una noche diurna solamente para ellos, allí duermen su noche con sosegada obediencia. Me llevo las llaves del dormitorio al partir a mi empleo. Sara debe creer que desconfío de su honradez y me mira dubitativa, se le ve todas las mañanas que está por decirme algo, pero al final se calla y yo estoy tan contento. (Cuando arregla el dormitorio, de nueve a diez, hago ruido en el salón, pongo un disco de Benny Carter que ocupa toda la atmósfera, y como Sara es también amiga de saetas y pasodobles, el armario parece silencioso y acaso lo esté, porque para los conejitos transcurre ya la noche y el descanso.)

          Su día principia a esa hora que sigue a la cena, cuando Sara se lleva la bandeja con un menudo tintinear de tenacillas de azúcar, me desea buenas noches -sí, me las desea, Andrée, lo más amargo es que me desea las buenas noches- y se encierra en su cuarto y de pronto estoy yo solo, solo con el armario condenado, solo con mi deber y mi tristeza. Los dejo salir, lanzarse ágiles al asalto del salón, oliendo vivaces el trébol que ocultaban mis bolsillos y ahora hace en la alfombra efímeras puntillas que ellos alteran, remueven, acaban en un momento. Comen bien, callados y correctos, hasta ese instante nada tengo que decir, los miro solamente desde el sofá, con un libro inútil en la mano -yo que quería leerme todos sus Giraudoux, Andrée, y la historia argentina de López que tiene usted en el anaquel más bajo-; y se comen el trébol. Son diez. Casi todos blancos. Alzan la tibia cabeza hacia las lámparas del salón, los tres soles inmóviles de su día, ellos que aman la luz porque su noche no tiene luna ni estrellas ni faroles. Miran su triple sol y están contentos.

          Así es que saltan por la alfombra, a las sillas, diez manchas livianas se trasladan como una moviente constelación de una parte a otra, mientras yo quisiera verlos quietos, verlos a mis pies y quietos -un poco el sueño de todo dios, Andrée, el sueño nunca cumplido de los dioses-, no así insinuándose detrás del retrato de Miguel de Unamuno, en torno al jarrón verde claro, por la negra cavidad del escritorio, siempre menos de diez, siempre seis u ocho y yo preguntándome dónde andarán los dos que faltan, y si Sara se levantara por cualquier cosa, y la presidencia de Rivadavia que yo quería leer en la historia de López. 18 No sé cómo resisto, Andrée. Usted recuerda que vine a descansar a su casa. No es culpa mía si de cuando en cuando vomito un conejito, si esta mudanza me alteró también por dentro -no es nominalismo, no es magia, solamente que las cosas no se pueden variar así de pronto, a veces las cosas viran brutalmente y cuando usted esperaba la bofetada a la derecha-. Así, Andrée, o de otro modo, pero siempre así. Le escribo de noche. Son las tres de la tarde, pero le escribo en la noche de ellos. De día duermen ¡Qué alivio esta oficina cubierta de gritos, órdenes, máquinas Royal, vicepresidentes y mimeógrafos! ¡Qué alivio, qué paz, qué horror, Andrée! Ahora me llaman por teléfono, son los amigos que se inquietan por mis noches recoletas, es Luis que me invita a caminar o Jorge que me guarda un concierto.

          Casi no me atrevo a decirles que no, invento prolongadas e ineficaces historias de mala salud, de traducciones atrasadas, de evasión Y cuando regreso y subo en el ascensor ese tramo, entre el primero y segundo piso me formulo noche a noche irremediablemente la vana esperanza de que no sea verdad. Hago lo que puedo para que no destrocen sus cosas. Han roído un poco los libros del anaquel más bajo, usted los encontrará disimulados para que Sara no se dé cuenta. ¿Quería usted mucho su lámpara con el vientre de porcelana lleno de mariposas y caballeros antiguos? El trizado apenas se advierte, toda la noche trabajé con un cemento especial que me vendieron en una casa inglesa -usted sabe que las casas inglesas tienen los mejores cementos- y ahora me quedo al lado para que ninguno la alcance otra vez con las patas (es casi hermoso ver cómo les gusta pararse, nostalgia de lo humano distante, quizá imitación de su dios ambulando y mirándolos hosco; además usted habrá advertido -en su infancia, quizá- que se puede dejar a un conejito en penitencia contra la pared, parado, las patitas apoyadas y muy quieto horas y horas).

         A las cinco de la mañana (he dormido un poco, tirado en el sofá verde y despertándome a cada carrera afelpada, a cada tintineo) los pongo en el armario y hago la limpieza. Por eso Sara encuentra todo bien aunque a veces le he visto algún asombro contenido, un quedarse mirando un objeto, una leve decoloración en la alfombra y de nuevo el deseo de preguntarme algo, pero yo silbando las variaciones sinfónicas de Franck, de manera que nones. Para qué contarle, Andrée, las minucias desventuradas de ese amanecer sordo y vegetal, en que camino entredormido levantando cabos de trébol, hojas sueltas, pelusas blancas, dándome contra los muebles, loco de sueño, y mi Gide que se atrasa, Troyat que no he traducido, y mis respuestas a una señora lejana que estará preguntándose ya si... para qué seguir todo esto, para qué seguir esta carta que escribo entre teléfonos y entrevistas. Andrée, querida Andrée, mi consuelo es que son diez y ya no más. Hace quince días contuve en la palma de la mano un último conejito, después nada, solamente los diez conmigo, su diurna noche y creciendo, ya feos y naciéndoles el pelo largo, ya adolescentes y llenos de urgencias y caprichos, saltando sobre el busto de Antinoo (¿es Antinoo, verdad, ese muchacho que mira ciegamente?) o perdiéndose en el living, donde sus movimientos crean ruidos resonantes, tanto que de allí debo echarlos por miedo a que los oiga Sara y se me aparezca horripilada, tal vez en camisón -porque Sara ha de ser así, con camisón- y entonces...

         Solamente diez, piense usted esa pequeña alegría que tengo en medio de todo, la creciente calma con que franqueo de vuelta los rígidos cielos del primero y el segundo piso. Interrumpí esta carta porque debía asistir a una tarea de comisiones. La continúo aquí en su casa, Andrée, bajo una sorda grisalla de amanecer. ¿Es de veras el día siguiente, Andrée? Un trozo en blanco de la página será para usted el intervalo, apenas el puente que une mi letra de ayer a mi letra de hoy. Decirle que en ese intervalo todo se ha roto, donde mira usted el puente fácil oigo yo quebrarse la cintura furiosa del agua, para mí este lado del papel, este lado de mi carta no continúa la calma con que venía yo escribiéndole cuando la dejé para asistir a una tarea de comisiones. En su cúbica noche sin tristeza duermen once conejitos; acaso ahora mismo, pero no, no ahora - En el ascensor, luego, o al entrar; ya no importa dónde, si el cuándo es ahora, si puede ser en cualquier ahora de los que me quedan.

          Basta ya, he escrito esto porque me importa probarle que no fui tan culpable en el destrozo insalvable de su casa. Dejaré esta carta esperándola, sería sórdido que el correo se la entregara alguna clara mañana de París. Anoche di vuelta los libros del segundo estante, alcanzaban ya a ellos, parándose o saltando, royeron los lomos para afilarse los dientes -no por hambre, tienen todo el trébol que les compro y almaceno en los cajones del escritorio. Rompieron las cortinas, las telas de los sillones, el borde del autorretrato de Augusto Torres, llenaron de pelos la alfombra y también gritaron, estuvieron en círculo bajo la luz de la lámpara, en círculo y como adorándome, y de pronto gritaban, gritaban como yo no creo que griten los conejos. He querido en vano sacar los pelos que estropean la alfombra, alisar el borde de la tela roída, encerrarlos de nuevo en el armario.

          El día sube, tal vez Sara se levante pronto. Es casi extraño que no me importe verlos brincar en busca de juguetes. No tuve tanta culpa, usted verá cuando llegue que muchos de los destrozos están bien reparados con el cemento que compré en una casa inglesa, yo hice lo que pude para evitarle un enojo... En cuanto a mí, del diez al once hay como un hueco insuperable. Usted ve: diez estaba bien, con un armario, trébol y esperanza, cuántas cosas pueden construirse. No ya con once, porque decir once es seguramente doce, Andrée, doce que serán trece. Entonces está el amanecer y una fría soledad en la que caben la alegría, los recuerdos, usted y acaso tantos más. Está este balcón sobre Suipacha lleno de alba, los primeros sonidos de la ciudad. No creo que les sea difícil juntar once conejitos salpicados sobre los adoquines, tal vez ni se fijen en ellos, atareados con el otro cuerpo que conviene llevarse pronto, antes de que pasen los primeros colegiales.


Incluído en Bestiario