- ¡Pero como te vas a poner mal por un músico, alguien que no conocias! Por un familiar aunque sea lejano, por tu perro o tu gato, bueno... ¿pero por un músico?
Gente sin pasión, sin goce, sin gusto por el arte, por la vida misma. Entiendo que mi enojo es a causa de su muerte, no por otra cosa. Pero gente con este pensamiento nunca entendería que Bowie si era casi como un familiar, una parte real de mi vida.
Cuando comenzaba a escuchar música, Michael Jackson y su Thriller inundaban la TV y yo solo tenía el casette de The Game de Queen (que amaba) como única posesión musical. Al poco tiempo estando en la casa de un vecino amigo en Lanús, me hizo escuchar (en casette por supuesto) la novedad del momento: un tal David Bowie y su Let's Dance.
Amor a primera vista con ese rubio enclenque que simulaba boxear desde la portada. Todo estilo, todo glamour, todo actitud y claro, todo música.

Ese que para los fanáticos de toda su carrera fue el comienzo del fin, de la década donde se despestrigió, fue mi inicio en su música. Así que por eso mismo nunca viví su decadencia y entonces para adelante todo lo que vino (y bueno) fue placer, la gloria. Por eso Bowie bajo mi mirada (y mis oídos) es casi perfecto, el músico (creo) que todos hubiesen querido ser.
El que impuso cambios estéticos, el que asombró con las diferentes etapas y personajes, incluso hasta el mundo de la moda logró cambiar. El que además era buen actor. Completo. El que hizo con su ambiguedad ofensiva que amplíe mi mente para que luego me puedan gustar cosas como... Prince.
Siempre sentí orgullo por ser fan de Bowie.
Siempre sentí orgullo por ser fan de Bowie.

Hace solo unos días pregunté en un local por una remera estampada con su rostro y rayo emblemático. Hace menos festejé que sacara su nuevo disco y luego me alegré además por el resultado (fui a comprarlo y estaba agotado en las disquerías, hoy ya lo tengo y lo estoy escuchando de fondo de la entrada).
No recuerdo dejar de escucharlo en algún momento. La joya de mi biblioteca era su libro, esos que pones de frente y no de canto para que se vean bien bien y que fuera un regalo del blogger amigo Manolo DJ. Unas pocas entradas mas atrás que ésta, la titulaba: "David Bowie es... todo"
Él es el nexo principal con mi hija mayor, uno de los pocos legados que me enorgullezco de haberle pasado. Y si hablar de él es hablar un poco de mí, como no ponerme mal, como no llorarlo...
Las anteriores muertes musicales que viví y lamenté fueron solo anécdotas, casos aislados. Inevitables.
Luca Prodan se mató con la bebida. Freddie Mercury de una enfermedad voraz e inédita. Hutchence se ahorcó y Cobain se disparó. Nunca me sentí viejo, ni siquiera grande. Por eso debe ser que parezco menor, casi como una forma de auto-defensa. Pero tanto Bowie a sus 69 como Spinetta a sus 62, mueren y me hacen sentir por primera vez "grande", pesado, amargo y un poco mas solo.
¿En serio tengo que empezar a tener temor por Prince que en no muchos meses cumplirá 60? ¡se-sen-ta!).
Ya lo superaré. Creo.
Aunque sea, eso espero, en mi propio último día...
"Su música hizo que mi habitación se convirtiera por horas y horas, en el sitio más interesante del mundo..."
Víctor Hugo, blogger
Y nos dejó como regalo final cosas como ésta...
con esa fuerza y delicadeza a la vez marca Bowie...
con esa fuerza y delicadeza a la vez marca Bowie...

"Con Bowie no se extingue el último de un raza,
sino que se va el único de su especie"
Sebastián Ramos, crítico













































