Paraíso
El silbato del guarda me dió el alerta. Corrí y entré un segundo antes de que se cerraran las puertas de un chicotazo. Era el último de la noche y no podía darme el lujo de perderlo. Esa entrada desesperada hizo que toda la gente me mire como a un bicho raro. Preferí entonces caminar hacia el otro vagón que parecía vacío y volver a ser anónimo. Pero apenas entré la vi. Como no verla. Si afuera era todo oscuridad desde las ventanas, adentro ella brindaba una luz casi celestial.
Venciendo mi timidez gracias a la soledad y a su distracción, me senté frente a ella para admirarla con detalle. Sus piernas rítmicas gracias a unos enormes auriculares blancos que sobresalen sobre su pelo rojo fuego. Su agradable forma mezcla de niña y mujer, sus labios también rojos, toda ella prometía pasión. Lo podía ver, palpar, sentir, gozar como si todo esto no fuera un sueño.
Junto al movimiento mántrico de las vías desparejas que me parecía música, nos imaginaba juntos caminando bajo el sol en una playa como si fuese una postal cursi, sin rumbo, de la mano y riéndonos por nada. Luego la convivencia agradable, el aprender juntos a ser una pareja, la llegada de una hija que podríamos llamar por que no Lolita, el envejecer con cuidados. Intuía que valía la pena.
La fuerza de mi pensamiento hizo que ella levantara la cabeza, encontrara mi mirada y me dedicara una sonrisa pequeña, leve, abrasadora en todos los sentidos posibles, tanto de arroparme como quemarme a la vez.
Un instante, un estallido enorme. El tren comienza a retorcerse desde el frente hacia nosotros con velocidad y hasta se huele el metal crujiendo. Un infierno. Pero nada hizo que nos dejemos de mirar extasiados, ajenos a todo. Si ya estábamos en el paraíso...





































